Cuando pensamos en una lesión, casi siempre miramos al tejido. Si hay una rotura muscular, una tendinopatía o un esguince, parece lógico centrar toda la atención en esa estructura. Sin embargo, la recuperación también depende del estado general del organismo y de cómo responde ante la situación.
Para que los procesos de reparación y recuperación se den de forma óptima, el sistema nervioso autónomo tiene que funcionar de manera eficiente. En esos momentos vitales en los que el estrés domina buena parte del día, ese equilibrio puede alterarse y la recuperación puede verse afectada. En este post te explicamos por qué.
Estrés y lesión: por qué una lesión puede convertirse en un factor de estrés
Una lesión además de doler cambia planes, limita la actividad y obliga a convivir con dudas e incertidumbre. No saber qué está ocurriendo, la gravedad que tiene, cuánto tiempo nos alejará de la rutina, si afectará al rendimiento… son preguntas que pueden mantener al cerebro en un estado de vigilancia continua.
Cuando hay una diferencia entre lo que una persona quiere (rendimiento) y lo que realmente está pasando (lesión), el sistema de estrés puede activarse. Si además la evolución no va tan rápido como esperaba, si hay recaídas o si el dolor no termina de bajar, esa activación puede prolongarse. Y ahí el problema deja de ser solo la lesión inicial. Empieza a influir también la forma en la que el organismo está gestionando todo el proceso.
El sistema nervioso neurovegetativo: la clave para entenderlo
Para entender por qué el estrés puede alterar la recuperación, hay que hablar del sistema nervioso neurovegetativo, también llamado sistema nervioso autónomo. Es el que regula funciones que no dependen de nuestra voluntad: frecuencia cardíaca, respiración, digestión, sudoración, tensión arterial o parte de la respuesta inmunológica.
Dentro de este sistema hay dos ramas principales. Una es el sistema simpático, que se activa en situaciones de alerta. La otra es el parasimpático, que favorece descanso, absorción de nutrientes, reparación de tejidos y recuperación. La activación del sistema nervioso simpático es normal y necesario en situaciones de estrés o peligro para sobrevivir. El problema aparece cuando ese estado de alerta se mantiene demasiado tiempo y al cuerpo le cuesta volver a un funcionamiento más reparador (sistema nervioso parasimpático).
Qué pasa en el cuerpo cuando el estrés se mantiene
Cuando el organismo detecta una amenaza, prioriza las funciones que pueden ayudar a sobrevivir. Aumenta la frecuencia cardíaca, sube la presión arterial, moviliza glucosa, favorece la liberación de adrenalina y noradrenalina y prepara al cuerpo para luchar, huir o resistir. Al mismo tiempo, frena otras funciones que en ese momento no considera prioritarias.
Entre esas funciones que quedan en segundo plano están el reposo, la digestión, el aprovechamiento de nutrientes y la reparación tisular. También puede producirse una reducción temporal del sistema inmunológico y un cambio en el umbral del dolor. Esto tiene lógica si el peligro es inmediato.
Lo que no resulta tan útil es vivir así durante días o semanas. En ese contexto, el cuerpo sigue gastando energía en sostener el estado de alerta y tiene menos margen para funciones de reparación y recuperación.

El papel del cortisol en una recuperación más lenta
Si el factor de estrés persiste encontraremos una modificación hormonal como respuesta. Aquí aparece una hormona muy conocida porque participa en la respuesta al estrés, el cortisol. A corto plazo puede ser útil. El problema aparece cuando su concentración se mantiene alta durante demasiado tiempo.
Una hipercortisolemia mantenida puede tener efectos poco favorables para una lesión. Entre otras cosas, se ha relacionado con alteraciones del metabolismo de las proteínas, pérdida de colágeno, reducción de la formación ósea y aumento del catabolismo muscular.
En un tejido que necesita reorganizar fibras, sintetizar colágeno o recuperar masa muscular, este contexto no es el adecuado.
Carga alostática: cuando el cuerpo paga el precio de adaptarse
Hay un concepto muy útil para entender esto: la carga alostática. La alostasis es el esfuerzo que hace el cuerpo para mantener la estabilidad y adaptarse a una agresión. Adaptarse cuesta energía. Y si las exigencias físicas o psicológicas son muy altas y se mantienen durante mucho tiempo, ese coste sube.
Cuando el organismo supera su capacidad de adaptación, la carga alostática se dispara. En ese punto aumentan las posibilidades de fatiga, alteraciones emocionales, bajo rendimiento y lesiones o recaídas.
Esto encaja muy bien con algo que se ve mucho en clínica: personas que no solo cargan con la lesión, sino también con falta de sueño, presión laboral, miedo a no recuperarse o frustración porque el proceso va más lento de lo esperado.
El estrés también cambia el dolor y la conducta
El estrés puede cambiar cómo se percibe el dolor y cómo se comporta la persona durante la recuperación. En algunas fases aparece hipervigilancia, miedo al movimiento, dudas constantes o tendencia a evitar cualquier gesto que recuerde a la lesión. En otras, pasa justo lo contrario: la persona quiere acelerar demasiado, oculta dolor o fuerza la situación antes de tiempo.
Ninguna de las dos cosas suele ayudar. En conductas de evitación la recuperación se empobrece. Si se acelera sin control aumenta el riesgo de recaída. En el punto medio está la virtud, por lo que comprender como el paciente está viviendo la lesión y cual es su conducta en la gestión de cargas ayuda a mejorar el proceso.

Por qué dormir, comer y descansar importan más de lo que parece
Son funciones básicas que influyen en la recuperación. Cuando no dormimos, comemos mal o vivimos acelerados, la digestión puede ser peor, la absorción de nutrientes menos eficiente y el descanso menos reparador. Y si eso falla, el tejido lesionado dispone de menos herramientas para recuperarse.
Esto remarca la importancia del contexto en el que el cuerpo intenta curarse: resultará más sencillo una recuperación disponiendo de los medios biológicos necesarios para ello.
Qué puede hacer la fisioterapia en este contexto
Entender que la lesión no se recupera aislada del resto del organismo es el primer paso. Una buena valoración debería incluir no solo qué estructura está afectada, sino también cómo está esa persona, cuánto duerme, qué nivel de estrés arrastra y cómo está afrontando la recuperación.
A partir de ahí, el tratamiento gana mucho cuando combina trabajo local con una estrategia global. El fisioterapeuta aporta una explicación clara del proceso, unos objetivos realistas, una progresión de carga bien pautada y un entorno que ayude a salir del estado de alerta mantenida. A veces, ordenar el proceso ya supone una mejoría importante.
El estrés no siempre provoca una lesión, pero sí puede influir mucho en cómo se recupera. Por lo tanto cuando un paciente acude al fisioterapeuta éste debe entender que la persona que tiene delante es más que un tejido lesionado. Se trata de un individuo con un contexto y una estrategia de afrontamiento específica que puede influir en su recuperación. En Manuel Cuenca Fisioterapia entendemos al paciente como algo más que una lesión. Nuestro objetivo es comprender cómo podemos ayudar a cada persona de forma individual dentro de su propio contexto. Si necesitas información no dudes en ponerte en contexto con nosotros.


